El Fuego y la gastronomía

El fuego fue descubierto por la humanidad hace miles de años pero algo tan sencillo significó toda una revolución de dimensiones considerables, en todas las facetas del ser humano, no sólo para dotar de seguridad a los espacios humanos sino por la...

El fuego fue descubierto por la humanidad hace miles de años pero algo tan sencillo significó toda una revolución de dimensiones considerables, en todas las facetas del ser humano, no sólo para dotar de seguridad a los espacios humanos sino por la capacidad para cocinar los alimentos.

El control del fuego permitió a la humanidad desarrollar mucho más su cerebro. Y, todo, gracias a que con ello fue capaz de obtener un excedente de proteínas y de grasas de la carne cocinada que le dio energía y aumentó su capacidad para cazar y, en definitiva, para sobrevivir mejor a estas etapas cronológicas de la evolución humana.

La capacidad de tener fuego proporcionaba seguridad en las noches y calor en días inclementes, pero también permitió cocinar alimentos que, de otra forma, no podrían haberse aprovechado por nuestros ancestros. De hecho, el cerebro hubo de trabajar más para asimilar estas nuevas pautas en la alimentación. El ser humano hubo de adaptar su dentadura y mandíbulas ya que no podemos olvidar que se alimentaban de hojas suaves y frutas y que su aparato digestivo no admitía trozos de carne tragados sin masticar, que es la forma en que se consume la carne por depredadores como lobos y felinos.

Con la llegada del fuego, la carne cocinada podía ser masticada y tragada con más facilidad, y de ella nuestro aparato digestivo podía extraer muchos más nutrientes; todo ello, sin contar con que la carne asada tiene un gusto mucho mejor que la carne cruda.

Los expertos señalan que este paso representó para nuestra especie la gran oportunidad de hacer evolucionar un cerebro complejo, que demanda grandes cantidades de nutrientes para formarse y mantenerse. El excedente proteínico y de grasas de la carne sería así el detonador de la inteligencia humana, junto con el fósforo procedente del consumo de pescados y mariscos, que tampoco habían estado en la dieta de los primeros humanos.

Comer bien pasó de ser un hábito obligatorio únicamente con la intención de nutrir el organismo para convertirse en todo un arte que proporciona placer al paladar, aporta energía y vitaminas suficientes para garantizar nuestro día a día. La gastronomía se volvió así, parte esencial de la cultura, desde los platos más complicados y selectos hasta los más austeros.


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