Los Perfumes en el Cristianismo: Conclusión
Los Perfumes en el Cristianismo
Los animales no estuvieron ajenos a la simbología de los perfumes, y su entrada al mundo aromático se efectuó de la mano del Bestiario.
Los perfumes dedicados a los Dioses no tienen precio a escala humana, nada es lo suficientemente bueno o valioso para deleitarlos. El hombre ha recurrido a la ofrenda de aromas para ser aceptado y escuchado en sus plegarias por sus divinidades. Los objetos mediadores entre Dios y el hombre se revisten de sacralidad (Croatto, 2002:54) y como tales, los perfumes adquieren valor sagrado. Los perfumes pertenecen al Dios y no al hombre (Albert, 1990:218), pero con la llegada del cristianismo, Dios permitió al hombre compartir su agrado divino por los perfumes, y por ello, marca a sus elegidos con fragancias deliciosas: María, Pablo, Magdalena, Marcos. Les otorga la gracia de "morir en olor de santidad", de transformarse ellos mismos en objetos mediadores revestidos de sacralidad.
El aura de misticismo religioso que rodea a los perfumes no es casual. No es casual que se les atribuyan tantas y variadas propiedades, algunas auténticas, otras mera expresión de deseo de una humanidad que busca consuelo en sus divinidades. Es que los aromas tienen el poder de transportarnos a un mundo ya conocido de emociones y sentimientos profundos, no sólo religiosos. Porque de los sentidos, el del olfato es el único que le permite al hombre vivir dos veces el mismo instante. Los perfumes amados, conocidos, dormidos en nuestra memoria, son tan verídicos y reales como los sueños mientras los soñamos. No se narran ni se evocan: se viven.
Patricia Grau-Dieckmann Escríbeme
Lcda. en Humanidades y Ciencias Sociales
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